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    Sabemos que vivimos en un mundo en el que muchos están temerosos de la diversidad
    (13-Jul-2017)

    En el Evangelio de hoy, escuchamos el pasaje en el que el Señor elige y envía a los doce apóstoles. Jesús llama a sí a doce de los discípulos y les da autoridad para compartir su misión, una misión para liberar a quienes permanecen cautivos de ‘espíritus inmundos’, y para sanar ‘de toda enfermedad y de toda dolencia’. Pero lo que más me llama la atención hoy es la diversidad de los hombres que elige para compartir su misión; son tan diferentes el uno del otro.
    Por ejemplo, conocemos a Pedro, de reacción inmediata, hombre impulsivo, que habla antes de pensar lo que dice, como cuando pide a Jesús andar sobre el agua, o cuando asegura que nunca negará a Jesús. Por otra parte tenemos a Tomás, que parece ser lo opuesto, tan cauto que no creería que Cristo ha resucitado hasta que él mismo lo verificase. Están también los hermanos Santiago y Juan, a los que Jesús da el sobrenombre de Boanerges, ‘los Hijos del Trueno’, tal vez eran tan ruidosos e impulsivos que querían hacer bajar fuego del cielo sobre la aldea samaritana que no había acogido a Jesús. Por otro lado está también Santiago el de Alfeo que debió ser tan callado, que no se recoge palabra suya en todo el Evangelio. Sus puntos de vista políticos también debieron ser muy diferentes. En el grupo estaba ‘Mateo el recaudador de impuestos’ que debió de ser una especie de colaborador de los invasores romanos. Pero también se encontraba ‘Simón el cananeo’ que es identificado como Simón el Zelotes que pudo tener alguna conexión con el movimiento liberador judío.
    Con toda su diversidad, Jesús los envió como un grupo, como un cuerpo apostólico, no solamente como individuos. El Evangelista Mateo nos dice: ‘a estos doce los envió Jesús”. El nombre ‘los doce’ era un grupo reconocible en la comunidad de Jesús.
    Este evangelio es como un espejo para todos nosotros que estamos aquí reunidos hoy. También nosotros somos diversos. Hay jesuitas de diferentes países, de Indonesia, de Alemania, de Birmania, de Tailandia - ¡y uno de Venezuela! Somos laicos, religiosos, sacerdotes; hay cristianos y otros que pertenecen a otras tradiciones de fe. Pero estamos unidos por nuestro compromiso con la misión de Cristo: liberar a quienes están esclavizados, y curar a todos los que sufren, proclamando la cercanía del Reino de Dios.
    La diversidad es un don, pero es también un reto. Somos conscientes que vivimos en un mundo en el que muchos temen la diversidad, en el que hay miedo de los que son diferentes, un miedo que edifica muros, y que lamentablemente con frecuencia da lugar a la violencia. Conocéis esta triste realidad demasiado bien aquí en Indonesia. Nuestras recientes Congregaciones Generales han destacado la comunidad como misión, y la colaboración entre los jesuitas y los laicos asociados en la misión. Estas dos palabras, comunidad y colaboración, son, yo creo, una muy importante invitación para todos nosotros, hoy, precisamente porque vivimos en un mundo de tanta división, tanta polarización y tanto temor a la diversidad.
    ¿Cómo podemos crecer en nuestro vivir la comunidad como misión y en colaborar en la misión?
    Hace 478 años, en Roma, diez hombres de muy diversos antecedentes y personalidades se reunieron para discernir juntos si Dios les estaba llamando a permanecer unidos formando un grupo. Algunos de sus países de procedencia estaban en guerra entre sí. Algunos eran de familias nobles, otros de familias campesinas. Pero, después de mucha oración y reflexión, de mucho compartir, estos primeros compañeros de Ignacio llegaron a la conclusión, como resultado de un serio discernimiento, de que era la voluntad de Dios el que permanecieran unidos.
    Sería bueno recordar lo que dejaron escrito en el famoso documento Deliberación de los Primeros Padres: “que habiéndose dignado el clementísimo y piadosísimo Dios de unirnos y congregarnos recíprocamente, aunque somos tan flacos y nacidos en tan diversas regiones y costumbres, no debíamos deshacer la unión y congregación que Dios había hecho, sino antes confirmarla y establecerla más, reduciéndonos a un cuerpo, teniendo cuidado unos de otros y manteniendo inteligencia para el mayor fruto de las ánimas. Pues también la misma virtud unida tiene mayor vigor y fortaleza para ejecutar cualesquier empresas arduas que si estuviese dividida en muchas partes”.
    Creo que este texto nos ofrece dos sugerencias para mejorar en la comunidad y en la comunicación. En primer lugar, debemos recordar constantemente que nos encontramos reunidos, no por nuestra elección, ni porque tengamos los mismos gustos o intereses, tampoco por que seamos de la misma nación o religión, sino porque Dios nos ha llamado a todos juntos. Lo mismo que Jesús llamó conjuntamente al grupo de los apóstoles, igualmente los primeros compañeros estaban profundamente convencidos de que a pesar de nuestra diversidad “habiéndose dignado el clementísimo y piadosísimo Dios de unirnos y congregarnos recíprocamente”. Por eso estaban convencidos que no debían dividir “la unión y congregación que Dios había hecho”. Por eso también tomaron la decisión de “cada día que pasa, confirmarla y establecerla más”.
    Realmente, ¿tengo la profunda convicción de que los hermanos con quienes vivo, tan diferentes, tan singulares, están unidos a mí por la llamada del Señor? ¿Creo verdaderamente que aquellos con quienes trabajo en los diferentes ministerios, están conmigo porque el Señor también los ha llamado a ellos? ¿Cómo me esfuerzo, en lo concreto, “cada día que pasa” en reforzar los lazos de unión? ¿Qué actitudes hay en mí, o qué acciones o palabras mías, crean distancia o división, en lugar de unión, y cómo podría pedir al Señor que me cambie?
    En segundo lugar, los primeros padres escribieron “teniendo cuidado unos de otros”. Con demasiada frecuencia oímos a jesuitas decir que su comunidad es como una pensión o un hotel. Tenemos agradables, pero superficiales relaciones de unos con otros. Algunas veces escuchamos algo similar en nuestros ministerios, entre los jesuitas y nuestros compañeros en la misión. Por eso la Congregación General 36 insiste tanto en dejar espacio en las comunidades “para el encuentro y el compartir”, para la “conversación espiritual” (CG 36, d.1, nos. 10 y 12). La Congregación nos recuerda que “la actitud de escucha del Espíritu en nuestras relaciones debe incluir a los compañeros de trabajo” (n.14).
    Algunas veces, a nosotros jesuitas nos inquietan los espacios vacíos; cuando los hay los llenamos inmediatamente con más trabajo, o con diversiones. La Congregación claramente nos invita a crear espacios, a hacer sitio, a convivir de manera que nos conozcamos unos a otros, y nos preocupemos más seriamente unos por otros. ¿Cómo podemos hacer esto más concretamente en nuestras comunidades y en nuestros ministerios? Recordad que este conocimiento más profundo y esta preocupación de unos por otros tiene como objetivo la misión: como decían los primeros compañeros, lleva consigo “una cosecha de almas más rica”.
    Al encontrarnos esta mañana, pedimos que el Señor traiga paz y entendimiento a nuestro mundo, roto y dividido. Rezamos también, como ‘los doce’, como los primeros compañeros, que lleguemos a ser mejores instrumentos de la paz del Señor, dando un testimonio más creíble, con nuestro vivir en comunidad más generoso y alegre, como misión y colaboración en la misión.


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