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    Domingo 16 del Tiempo Ordinario
    (24-Jul-2017)

    Cuando miramos a nuestro mundo de hoy, algunas veces no podemos dejar de preguntarnos por qué Dios parece que permite el mal en el mundo. Cuando escuchamos tantas y tan malas noticias, - guerras, violencia, pobreza, injusticia, corrupción -, podemos algunas veces tener la impresión de que en el combate entre el bien y el mal, parece que el mal va ganando. Incluso si miramos a nuestras familias, nuestros vecinos, nuestro entorno de trabajo, podemos algunas veces encontrarnos abrumados por males que parecen insolubles: malentendidos, divisiones, adicciones, etc.
    En el Evangelio de hoy, nuestro Señor nos ofrece tres parábolas que nos dejan entrever una respuesta a estas preguntas. En primer lugar, Jesús nos expone la parábola de la cizaña y el trigo. Un labrador siembra buena semilla en su campo, pero su enemigo siembra secretamente cizaña, malas hierbas. Cuando los labradores preguntan al dueño del campo si arrancan las malas hierbas, el dueño sorprendentemente dice que no. Las malas hierbas, - en griego zizania - se parecen mucho al trigo y crecen tan mezcladas con el trigo que el dueño teme que los trabajadores van a arrancar el buen trigo al mismo tiempo. El dueño aconseja paciencia: llegará el tiempo cuando será más fácil distinguir entre el buen trigo y las malas hierbas, y entonces se pueden arrancar éstas de raíz.
    Esta es la primera respuesta que el Señor nos da sobre el problema del mal en nuestro mundo. Algunas veces el bien y el mal están tan profundamente entrelazados que toma tiempo y paciencia el discernir qué es qué. Basta mirar a nuestros propios corazones para saber que esto es verdad. Con frecuencia se dice que nuestras fortalezas son también nuestras debilidades; nuestras luces, nuestras sombras. Una persona puede estar apasionadamente comprometida con su familia: el amor constituye una fortaleza cuando le motiva a trabajar duro para atender a sus hijos; pero también puede ser una fuente de mal cuando se centra de tal manera sólo en su familia, que olvida la más amplia comunidad, o incluso se ve envuelto en la corrupción en beneficio sólo de su familia. Un líder puede estar comprometido con la excelencia, que sin duda es algo bueno. Pero este mismo compromiso puede hacerle impaciente y falto de compasión con los más débiles o menos capaces. Estoy seguro que podéis encontrar otros muchos ejemplos de este entrelazado entre el trigo y la cizaña, entre el bien y el mal en nuestros corazones.
    Nuestra primera lectura nos dice que esta paciencia de Dios en relación con la mezcla del bien y el mal en nuestros corazones es consecuencia de su misericordia y bondad, de su deseo de darnos tiempo para cambiar y para crecer. “Nos gobiernas con gran indulgencia”, leemos en el Libro de la Sabiduría; “diste a tus hijos la dulce esperanza de que en el pecado, das lugar al arrepentimiento”.
    Las dos siguientes parábolas de Jesús, ofrecen una segunda respuesta a la cuestión de la aparente fortaleza del mal en el mundo. Jesús compara el reino de los cielos con un diminuto grano de mostaza, tan pequeño e insignificante en sí mismo. Sin embargo, cuando se siembra en la tierra se hace “un arbusto más alto que las hortalizas” y “vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. También, dice Jesús, el Reino de Dios es como la levadura que se mezcla con la harina. La levadura no sólo es poca en cantidad, de hecho desaparece, de modo que uno no puede verla. Sin embargo gracias a esta aparentemente invisible levadura, toda la hornada de masa crece.
    En otras palabras, Jesús nos está invitando a profundizar la fe que lleva a la esperanza. Aunque las fuerzas del bien y del amor parecen ser más débiles, más pequeñas, e incluso invisibles comparadas con las fuerzas del mal y del odio en el mundo, Jesús nos recuerda que Dios está todavía en control de este mundo. Dios, con su amorosa intención, está trabajando quieta y secretamente, pero de modo poderoso e invencible como el diminuto grano de mostaza o la invisible levadura.
    Un sabio director espiritual jesuita decía en una ocasión que la más poderosa arma del diablo no es el orgullo, la codicia o la lujuria, sino el desaliento. Creo que hay mucha sabiduría espiritual en lo que decía. Con frecuencia, lo que nos impide hacer el bien es el desánimo. Sentimos que hay demasiadas malas hierbas en nuestros corazones o en nuestras vidas. Nos descorazonamos viendo cómo son de poderosas las fuerzas del mal. Nos sentimos demasiado débiles, demasiado pocos, demasiado insignificantes.
    Nuestras lecturas de hoy nos invitan a no sentirnos abrumados por el desaliento, sino continuar amando y sirviendo con esperanza y alegría, porque Dios sigue siendo el Señor de la historia. El separará la cizaña del trigo; hará que la semilla de mostaza y la levadura del Reino crezcan. Nuestra parte es participar en una pequeña medida con el gran trabajo de Dios de aportar curación esperanza y alegría a nuestro mundo.
    San Ignacio, patrono de vuestra parroquia, escribió en cierta ocasión a una mujer que estaba superada por sentimientos de desánimo sobre sí misma y su debilidad. Le escribía Ignacio: “Cuando el enemigo de toda natura humana… os quiere quitar las fuerzas que el Señor os da, y os quiere hacer tan flaca y tan temerosa… debemos alzarnos en verdadera fe y esperanza en el Señor” (Carta a Teresa Rejadell, 1536). En otra carta, San Ignacio termina con una bella oración a nuestra Señora pidiendo que interceda por nosotros con su Hijo para que “nuestros espíritus flacos e tristes nos los convierta en fuertes y gozosos en su alabanza” (Carta a Inés Pascual, 1524).
    Hoy pues recemos unos por otros, para que el Señor toque cualquier desánimo que pueda haber en nuestro corazón con su esperanza. Hay tanto que hacer por el Señor, por su pueblo, especialmente por los pobres sufrientes de este mundo. Podemos ser pequeños como el grano de mostaza o aparentemente invisibles como la levadura, pero podemos ser instrumentos del Señor, y dejarle trabajar a través nuestro, a pesar de nuestra debilidad y pequeñez. Rezamos con San Ignacio a Nuestra Señora para que, por su oración, el Señor “¡nuestros espíritus flacos e tristes nos los convierta en fuertes y gozosos en su alabanza!”
    Singapur, Iglesia parroquial de San Ignacio, 22 de julio de 2017


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