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    Diálogo con laicos católicos comprometidos en la vida pública
    (14-Jul-2017)

    Estoy muy agradecido a la Provincia jesuita de Indonesia, por organizar este diálogo con vosotros laicos católicos, que habéis recibido lo que el Papa Francisco ha llamado el ‘virus’ de la formación ignaciana, y que, ahora, ocupáis puestos relevantes en la sociedad indonesia. San Ignacio acostumbraba a llamarse a sí mismo ‘el peregrino’, alguien que anda activamente buscando la voluntad de Dios. Me gustaría usar esa palabra para mí, y para todos vosotros también. Vengo a vosotros como un peregrino en medio de mis compañeros peregrinos, no como un experto con una respuesta a todas las preguntas. He recibido una lista de las posibles cuestiones que proponéis para este diálogo, pero ¡yo también tengo un elenco de cuestiones sobre las que me gustaría preguntaros! Mi esperanza es, que a lo largo de nuestro breve encuentro, nos podamos ayudar mutuamente para ver con una mayor claridad lo que Dios puede estar pidiéndonos que seamos y hagamos en nuestro mundo, donde hay tanta belleza y esperanza, pero también sufrimiento y desesperanza.
    El objetivo de estas breves aportaciones, por tanto, es sencillamente proponer algunas ideas que puedan estimular para iniciar nuestro diálogo. Lo que me gustaría hacer es compartir algunas aportaciones de nuestra recientemente terminada Congregación General 36, celebrada el año pasado en Roma, durante la que reflexionamos sobre preocupaciones en la Iglesia y en el mundo y tratamos de discernir nuestra respuesta como Compañía.
    Lo que quiero compartir tendrá tres partes. Primero, trataré de identificar algunos temas globales que nos retan y nos piden una respuesta. En segundo lugar diré una palabra sobre la respuesta de la Compañía que puede centrarse en la palabra ‘reconciliación. Tercero, finalizaré con algunos elementos que podrían hacer posible una renovación en nuestros trabajos apostólicos y ministerios. Espero que esta presentación pueda ayudaros a captar mejor el sentido de las preocupaciones de la Compañía de Jesús hoy, y que puedan iniciar nuestro diálogo.

    I. La situación del mundo
    Iniciamos la Congregación reflexionando sobre un documento titulado De statu Societatis que había sido preparado por un comité específico, que incluía a uno de vuestros destacados intelectuales indonesios, el P. Herry Priyono. El documento subrayaba algunas luces y sombras de nuestro mundo de hoy, áreas de seria preocupación para toda la humanidad, para la Iglesia, la Compañía de Jesús. Permitidme mencionar seis áreas inter-relacionadas de preocupación global.
    • Primero, cambios demográficos sin precedente. Millones de personas se han convertido en migrantes y refugiados, huyendo de conflictos, pobreza, desastres naturales y buscando una vida mejor. Algunas sociedades han respondido dando la bienvenida, pero otras han respondido con miedo y rechazo, buscando construir muros y fortalecer las barreras.
    • Segundo, desigualdad creciente. Mientras el sistema económico global ha creado enorme riqueza y ha permitido a algunos países sacar de la pobreza a segmentos importantes de su población, al mismo tiempo la desigualdad es creciente de una manera increíble. La distancia entre ricos y pobres ha aumentado, y ciertos grupos de personas, como los pueblos indígenas, han llegado a ser aún más marginados.
    • Tercero, polarización creciente y conflicto. La guerra, el desacuerdo, la violencia, la intolerancia y el terror han aumentado. Aunque las verdaderas causas de mucha de esta polarización son la pobreza, el miedo, la ignorancia y la desesperación; lamentablemente mucha violencia se justifica usando el nombre de Dios. El uso de la religión y de Dios para justificar el odio y la violencia es uno de los grandes contrasignos de nuestro tiempo.
    • Cuarto, la crisis ecológica, que afecta a lo que el Papa Francisco ha llamado la “casa común”. Como el mismo Papa ha destacado en la “Laudato si’ ” la manera dominante de los seres humanos en su producción y consumo, y la extendida cultura del ‘desecho’ han dañado gravemente el entorno y amenazado la sostenibilidad de nuestro planeta para las futuras generaciones.
    • Quinto, el “invasivo ecosistema digital”. Internet y los medios de comunicación social han cambiado la manera de pensar de los humanos, su modo de reaccionar, de comunicarse y de inter-accionar. No es sólo una cuestión de tecnología, sino de un mundo nuevo en el que vive la gente. Es el comienzo de un gigantesco cambio cultural que progresa a una inimaginable velocidad, que afecta a las relaciones personales e inter-generacionales amenazando los valores culturales tradicionales. Este ecosistema digital ha hecho posible la difusión de la información y la globalización de la solidaridad; pero ha dado también lugar a un crecimiento de grandes divisiones, de la difusión de odiosos virus y falsas noticias.
    • Sexto, el debilitamiento de la política como un medio de búsqueda del bien común. En muchos lugares del mundo hay una extendida desilusión sobre la manera como la política ha sido manejada por políticos y partidos. Hay un profundo pozo de descontento y desconfianza de los líderes políticos a causa de las expectativas no cumplidas y los problemas no resueltos. El descontento ha hecho posible el crecimiento de ciertos líderes populistas hasta llegar al poder por la explotación del miedo y la ira del pueblo y sus seductoras pero irreales promesas de cambio.

    II. La misión de Dios, nuestra misión
    Los seres humanos más responsables preguntarán: ¿qué vamos nosotros a hacer, frente a estos retos enormes?
    Para personas creyentes, sin embargo, la primera cuestión es: ¿qué está Dios haciendo? ¿cómo actúa Dios en este mundo? San Ignacio nos recuerda que el amoroso Dios trabaja en el mundo; y el corazón de la espiritualidad ignaciana es discernimiento, buscando cómo Dios está trabajando en el mundo, y cómo nos llama para compartir su trabajo como individuos y como grupos.
    Reflexionando sobre este mundo a la luz de la Palabra de Dios y de nuestra experiencia, la Congregación General 36 reconoce de nuevo lo que San Pablo escribe sobre el tema en la segunda Carta a los Corintios: que Dios está “reconciliando el mundo consigo en Cristo” (2 Cor 5,19). La congregación experimentó fuertemente “la llamada a participar en la obra de reconciliación que Dios está realizando en nuestro mundo herido”. (CG 36, d.1, n.21). Identifica tres dimensiones en este único trabajo de reconciliación: reconciliación con Dios, de unos con otros, y con la creación. Así es como la Compañía de Jesús ve hoy su misión, la llamada del Señor.
    No tenemos tiempo para profundizar en estas tres dimensiones, pero permitime apuntar una palabra sobre cada una de estas dimensiones de la misión.
    • Primero, reconciliación con Dios. Cito unas llamativas palabras del discurso del Papa Francisco en Egipto, el pasado mes de abril, cuando participó en la conferencia a favor de la paz, convocada por el Gran Imán de El Cairo. El Papa Francisco dijo: “La Religión no es el problema, sino parte de la solución: frente a la tentación de aceptar una vida banal y falta de inspiración, donde todo empieza y termina aquí abajo, la religión nos recuerda la necesidad de elevar nuestros corazones al Altísimo, en orden a aprender cómo edificar la ciudad de los hombres”.
    Un mundo crecientemente secularizado ve la religión como un problema a causa de la violencia, por ejemplo. Por eso parte de nuestra misión ha de ser dar testimonio de que la religión, o mejor, la fe es “parte de la solución”. La religión, la verdadera religión nos ayuda a construir un mundo más humano, no menos humano. Yo creo que esta es una de las razones por las que el Papa Francisco es tan efectivo como líder religioso: él es ante todo un testimonio. Es completamente consistente; muestra creíblemente que la fe en Cristo hace a una persona alegre, compasiva, libre. Los jesuitas creemos que tenemos que pasar por una profunda conversión, si hemos de ser mejores testigos. Nuestras palabras son, con frecuencia, mejores que nuestras vidas.
    Mi predecesor, el P. Adolfo Nicolás que ha vivido en Asia más de cuarenta años, siempre subrayó la importancia del testigo en Asia, testigo que habla más creíblemente que las palabras. Pero el testimonio si es real, debe brotar de dentro, de una genuina y profunda relación con Dios. Por eso la Congregación General 36 acentúa que la Compañía debe promover la espiritualidad ignaciana y todos aquellos ministerios que ayudan a las personas a conocer, amar y entregarse al Dios vivo.
    Esta insistencia en la renovación de la espiritualidad ignaciana es un llamamiento que los jesuitas nos hacemos a nosotros mismos. La Congregación llama a la Compañía a una ‘profunda renovación espiritual’. Pero nosotros, por otra parte, estamos también convencidos de que la espiritualidad ignaciana es un don para toda la Iglesia, especialmente para aquellos que están especialmente comprometidos en su servicio, como vosotros. Uno de los signos de esperanza que yo veo, son los muchos laicos con profunda formación para ser guías espirituales y directores en tantas partes del mundo, incluyendo Asia, China, Filipinas, Hong Kong, Vietnam, por ejemplo. Me satisface ver los programas de liderazgo ignaciano para jesuitas y laicos que están desarrollándose y son ya efectivos en Asia, Europa, los Estados Unidos y América latina.
    • Segundo, reconciliación de unos con otros. La Congregación General ha destacado tres formas de sufrimiento y alienación que requieren una especial atención por parte de la Compañía: en primer lugar los pueblos desplazados, migrantes y refugiados; en segundo lugar los pueblos marginados que sufren particularmente la creciente desigualdad en el mundo, como son los pueblos indígenas; y en tercer lugar, la violencia y la intolerancia pretendidamente justificada por “convicciones religiosas distorsionadas”.
    Se podrían decir muchas cosas, pero voy solamente a fijarme en dos puntos tratados en la pasada Congregación General. En primer lugar, ésta pide que ‘la Compañía promueva en todas partes una más generosa cultura de la hospitalidad’. La hospitalidad es una de las más importantes, y también más escasas, virtudes en nuestro mundo de hoy. No es solamente un asunto de convivencia social y buena educación, en la acogida de los huéspedes. Es la virtud que me permite escuchar el llamamiento moral de cualquier ser humano, con independencia de raza, género, clase social o religión, simplemente por el hecho de tratarse de un ser humano, creado como imagen de Dios. Es la virtud que nos permite ver a los diferentes, no como una amenaza, no como temibles enemigos, sino como bienvenidos seres humanos como nosotros. No es una mentalidad fácil de promover, por muchos elementos de la cultura actual, sean líderes políticos o los así llamados líderes religiosos, sean los medios de comunicación, que promueven miedo, sospecha y exclusión en lugar de hospitalidad.
    En segundo lugar, la Congregación también destaca la importancia de la educación para la formación de mujeres y varones comprometidos y capaces de promover la reconciliación. La educación, tanto en estructuras formales o informales, es uno de los mayores compromisos apostólicos de la Compañía de Jesús y un campo en el que, la colaboración de otros muchos no jesuitas, es más destacada.
    Me gustaría simplemente mencionar el ejemplo del Servicio Jesuita de Refugiados, que recientemente está más plenamente comprometido en la educación de los refugiados en los niveles de primaria, secundaria y profesional. Millones de niñas y niños están incluidos en los grupos de refugiados hoy, y la media de duración de los desplazamientos y de los tiempos de vida en los campos de refugiados es de diecisiete años. Sin una estructura educativa, los niños refugiados carecerían de cualquier futuro. Más aún el anterior director internacional de JRS siempre insistió en que, sin educación formal, los campos de refugiados se convierten en espacios de fomento del extremismo. Por otra parte estos niños y adolescentes no van a ser personas desplazadas para el resto de sus vidas. Necesitan ser ayudados para no perder su tiempo y su vida, cuando pueden ser preparados para un futuro mejor.
    • Tercero, reconciliación con la creación. La Congregación General 36 apoya incondicionalmente el análisis del Papa Francisco en la “Laudato si’” cuando dice que la crisis medioambiental en nuestro mundo es fruto de una crisis social más profunda: la manera en la que nuestro sistema socio-económico produce, consume y descarta. En consecuencia la Congregación pide a la Compañía que ayude a promover un desarrollo en una dirección más sostenible.
    Como saben, las discusiones en el área de modelos de desarrollo económico son muy intensas. Muchos intelectuales, especialistas y políticos no están de acuerdo con el punto de vista del Papa Francisco sobre la interconexión de la crisis económica, social y medioambiental. Muchos de ellos son escépticos sobre la posibilidad de otro modelo económico y niegan la conexión entre economía y justicia como base fundamental de una sociedad democrática. Nosotros no coincidimos en esa dirección. Creemos que lo que parece imposible, es posible. Sabemos que otro mundo es posible; que otro sistema económico más humano es posible, y estamos esforzándonos para hacer nuestra mejor contribución para hacerla realidad. Para mostrarles un ejemplo: recientemente un pequeño grupo internacional de jesuitas y laicos de nuestros centros sociales y universidades han adelantado un análisis importante del presente modelo económico que se ha publicado en Promotio Iustitiae.
    Querría simplemente subrayar que la Congregación no solo invita a estas soluciones de alto nivel para la crisis ecológica del mundo. Pide también dos pasos muy prácticos, y de alguna manera más difíciles. El primero “cambiar nuestro estilo de vida personal y comunitario”. Es un buen reto. En segundo lugar: “celebrar la creación para agradecerla”. Recuerdo un sabio jesuita profundamente implicado en la ecología, insistiendo que debemos empezar por dar gracias por la creación, porque no protegeremos lo que no amamos, y solo podemos amar nuestra casa común si podemos celebrar y dar gracias por ella.

    III. Hacia una Renovación de nuestro servicio
    He descrito algunos de los temas globales en los que nos sentimos implicados, y también he explicado la articulación de nuestra misión hoy como una acción promotora de la reconciliación con Dios, la reconciliación con la humanidad y la reconciliación con la creación. Voy a terminar identificando algunos elementos concretos que deben caracterizar nuestro servicio o apostolado si hemos de ser más efectivos servidores de la misión reconciliadora de Cristo. La Congregación ofrece estas directrices a los jesuitas y a las obras apostólicas de la Compañía (cfr. Dec.1, ns.31-38); pero pienso que son también aplicables a vosotros, y, por eso, voy a proponeros algunas cuestiones para reflexión sobre cada una de ellas.
    • Primero, “todos nuestros ministerios deben buscar construir puentes, para promover la paz”. Uno puede preguntarse: en mi servicio, ¿construyo puentes, promuevo el mutuo entendimiento, el perdón, la comunión; o más bien polarizo y divido?
    • Segundo, profundidad. Esta fue una palabra favorita de nuestro anterior P. General. Con ella, el P. Adolfo Nicolás, quería significar, una profundidad espiritual, un profundo enraizamiento en Dios y también una profundidad intelectual, porque los problemas complejos de nuestro tiempo requieren la profundidad de la reflexión y de la comprensión que pueda llevar a soluciones verdaderas de largo alcance. ¿Cuánto, del servicio que yo presto, se funda en mi fe, en mi relación con el Señor? Lo que hago, ¿se caracteriza por el estudio serio, la reflexión, el análisis de la realidad?
    • Tercero, colaboración. La misión de Jesucristo no pertenece a la Compañía de Jesús, sino a todos aquellos que se sienten llamados a esa misión, aunque no lo conozcan a Él, con tal de que abracen sus valores. Los retos son tan grandes que ha pasado el tiempo de los ‘luchadores singulares’; sólo podemos responder a los grandes retos, si estamos dispuestos a trabajar juntos. Nosotros somos invitados a ser una mínima Compañía en colaboración, centrada en colaborar con otros, en la misión de Cristo. ¿Cuánta colaboración promuevo en mi trabajo? ¿Hasta qué punto facilito un servicio en común o soy, algunas veces, un obstáculo?
    • Cuarto, procesos de promoción. La Congregación, una vez más, tomó esta idea del Papa Francisco, que ha insistido en que no debemos preocuparnos tanto “en ocupar espacios cuanto en promover procesos”. En otras palabras, no medimos la eficacia por el tamaño de nuestros edificios, o el número de nuestros estudiantes, sino preguntándonos: en el pueblo que atendemos y en los trabajos que hacemos, las personas y las sociedades, ¿pasan por un proceso de cambio y transformación?
    • Finalmente, la esperanza. “Necesitamos más que nunca transmitir un mensaje de esperanza, - insiste la Congregación General -, una esperanza que nace del encuentro con Cristo resucitado”. Hay mucha desesperanza y desolación en nuestro mundo. Las esperanzas que el mundo del consumo da a nuestros jóvenes, - un nuevo teléfono móvil, un nuevo artilugio -, son demasiado pequeñas para llenar el corazón de los seres humanos. Algunos acuden a movimientos extremistas precisamente porque conectan con los individuos en búsqueda de un más amplio objetivo, un sueño, o una narrativa a la que vale la pena sacrificar sus vidas. Y nosotros, ¿qué? ¿Dónde encuentro yo esperanza, en mi propia vida y trabajo? ¿Qué hago yo para ayudar a crecer la esperanza de aquellos a quienes sirvo?
    Termino aquí, pero espero que estos pensamientos puedan incentivar nuestro diálogo. Yo también me hago preguntas, pero vamos a empezar por las vuestras. Aprovecho la oportunidad para agradecer vuestro apoyo a la Compañía de Jesús. Os ruego que sigáis pidiendo por nosotros, dialogando con nosotros, corrigiéndonos cuando sea necesario, de modo que juntos podamos servir a la misión de Dios, a la reconciliación en nuestro mundo.

    Yakarta, Indonesia, 13 de julio de 2017

     


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