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    Vol. XVIII, No. 8 3 abril 2014

    PADRE GENERAL

     

    A toda la Compañía

    CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN DE JOSE' DE ANCHIETA S.J.

     

    Queridos hermanos y amigos en el Señor:

     

    La canonización en esta fecha, 3 de abril, del Beato José de Anchieta es un acontecimiento que la Iglesia del Brasil ha deseado mucho y desde antiguo. Fue proclamado Apóstol del Brasil, título por el que se le conoce hasta hoy, por el arzobispo de Río de Janeiro, en la ciudad de Reritiba, en la misma Iglesia del Colegio donde se celebraron sus funerales en 1597.

     

    La Compañía no debe dejar de responder a esta invitación que se le hace de rescatar esta figura polivalente, motivadora y de extrema actualidad. ¿Qué nos quiere decir el Señor al regalarnos, en menos de un año, el reconocimiento eclesial del valor evangélico de las vidas de dos compañeros nuestros, Pedro Fabro y José de Anchieta? Dos hombres que han llevado a cabo misiones tan diferentes, y sin embargo tan semejantes en el espíritu jesuítico que debe animar nuestra misión. Los dos, con la intensidad de su vida, nos invitan a descubrir que la "restauración", más que ser para nosotros un mero acontecimiento histórico, debe representar el 'modo de ser' siempre presente, en un cuerpo apostólico en continua recreación.

     

    José de Anchieta, "mediano de estatura, seco de carnes, por el vigor de su espíritu fuerte y decidido, de color bronceado, más bien azules los ojos, amplia frente, nariz grande, barba rala, de semblante alegre y amable", consumió 44 años de su vida recorriendo buena parte de la geografía del Brasil y llevando la buena noticia del evangelio a los indígenas.

     

    Tercero de los diez hijos que tuvo la familia López de Anchieta y Díaz de Clavijo, José de Anchieta nació en Tenerife (España) en 1534. Pariente por línea paterna de la familia de los Loyola, por sus venas corría, como herencia de los abuelos paternos, sangre de judíos conversos. Pronto fue enviado a estudiar a la Universidad de Coimbra (Portugal) durante el trienio de oro del recién fundado Colegio das Artes.  Su vocación a la vida religiosa nació en un clima de ideas y libertades morales que no la favorecían, tal vez estimulado por el ejemplo de algunos compañeros jesuitas influyentes en la universidad. De hecho, las cartas de Francisco Javier conmovían a la juventud universitaria de toda Europa.

     

    Admitido al noviciado de la Compañía en la provincia de Portugal el 1 de mayo de 1551, pronto contrajo una grave tuberculosis óseo-articular, que a los 17 años de edad le provocó una visible curvatura de espalda. Su angustia de ser considerado inútil para el apostolado se vio muy aliviada al escuchar unas consoladoras palabras del P. Simón Rodrigues, fundador de la Provincia portuguesa: "No tenga pena por esa deformación, Dios le quiere así".  En el aire flotaba una esperanza: comenzaban a llegar desde Brasil las cartas del P. Manuel de Nóbrega, que ponderaban lo saludable que era para cualquier tipo de enfermedad el clima de aquellas tierras. Y para allá marchó Anchieta el 8 de marzo de 1553, con los primeros votos recién hechos, a los 19 años de edad, en la tercera expedición de jesuitas que se embarcaba rumbo al Brasil.

     

    Tropezamos ya con la primera de las paradojas de este joven jesuita: el fuerte contraste entre su fragilidad física y la intensa vitalidad apostólica que desarrolló ininterrumpidamente durante 44 años, atravesando numerosas regiones del Brasil, hasta su muerte a los 63 años. La vida de José de Anchieta es apostólica y radicalmente evangélica. "no basta salir de Coimbra - decía a sus hermanos enfermos que se quedaban allí - con unos fervores que luego se marchitan antes de cruzar la línea (del ecuador), o que pronto se enfrían, con deseos de volver a Portugal. Es menester llevar las alforjas llenas, para que duren hasta el fin de la jornada".

     

    Los desafíos de la misión actual exigen cada vez más 'la revitalización del cuerpo apostólico' de la Compañía.  La fuente en que bebía la vitalidad apostólica de Anchieta era su profunda experiencia espiritual. La solidez de su fama de santo y taumaturgo descansaba en el amor, la oración, la humildad y el servicio.

     

    Una de las críticas que se hicieron de él ante el Visitador fue que "tenía demasiada caridad". A los ojos de sus críticos su exceso de bondad estaría en el origen de un gobierno que tendía a ser blando. El P. Gouveia, sin embargo, no se forjó la misma opinión. Lo descubre como: "varón fiel, prudente y humilde en Cristo, muy querido por todos, ninguno ha tenido queja de él, ni me es posible hallar palabra o acción en que haya obrado mal". Sincero amigo de todos, sabía unir la bondad al rigor y a la firmeza, como deseaba San Ignacio en todo buen superior. A pesar de sus enfermedades, bien visibles, el provincialato de Anchieta pudo considerarse uno de los más dinámicos y fructíferos de su tiempo.

     

    De los 44 años que vivió en Brasil, 40 por lo menos se caracterizaron por un incesante peregrinar, comenzando por la región de São Vicente y Piratininga, entre 1554 y 1564, cuando tuvo lugar la fundación y primeros años de la ciudad de São Paulo. Fue una movilidad que no le impidió entregarse a las clases de latín y al estudio más profundo de la lengua tupi, a la vez que le permitía una gran actividad misionera y catequética. Nombrado provincial en 1577, y luego como superior, recorre casas y comunidades: padre de los pobres, taumaturgo para los enfermos y los que sufrían, consejero para los gobernantes, pero, sobre todo, amigo y defensor de los indios en sus aldeas.

     

    Sólo en 1595 la obediencia le liberó de responsabilidades de gobierno. Le quedaban dos años escasos de vida. En ellos encontró aún tiempo para participar en la defensa de la capitanía de Espírito Santo contra las incursiones de los indios goitacases. Su último destino fue la aldea de Reritiba. Allí comenzó a escribir una "Historia de la Compañía de Jesús en el Brasil", preciosa obra perdida de la que sólo nos quedan fragmentos.

     

    No le movía, ciertamente, para llevar esta vida itinerante, ningún espíritu de aventura, sino un espíritu de disponibilidad para la misión, de libertad espiritual y de prontitud para buscar y hallar en todo momento la voluntad del Señor. Lo acompañó hasta el fin un ardor verdaderamente apostólico. "Ya que no merezco ser mártir por otra vía - escribe él mismo - que por lo menos la muerte me halle desamparado en alguna de estas montañas y allí deje la vida por mis hermanos. La disposición de mi cuerpo es débil, pero me basta con la fuerza de la gracia, que por parte del Señor no ha de faltar".

     

    ¿No debiera ser la itinerancia - con todo lo que implica de libertad espiritual, de disponibilidad y capacidad de discernir y de tomar opciones - una de las características indispensables de nuestro cuerpo apostólico? El continuo peregrinar de Anchieta, casi una forma de vida, podría inspirar hoy día y alentar nuestra búsqueda de movilidad apostólica, para responder a los desafíos que nos plantean las nuevas fronteras.

     

    Un rasgo de gran relevancia en la figura humana, espiritual y apostólica de José de Anchieta se manifiesta en su capacidad para organizar la misión de modo vertebrado, integrando las distintas presencias apostólicas y las diferentes dimensiones en un solo proyecto diversificado y complejo, pero único. Y en el centro, dando sentido a todo, el amor por los indios: "siento a los indios, escribe él mismo desde su último refugio en la aldea de Reritiba, más cercanos que a los portugueses, porque es a ellos a quienes vine buscando al Brasil y no a éstos".

     

    Con el P. Nóbrega participó en la primera fundación de Rio de Janeiro. La segunda y definitiva fundación no se llevaría a cabo sino dos años después, con ayuda de una escuadra llegada de Portugal, capitaneada por el propio gobernador Mem de Sá. Con esta ocasión escribió Anchieta su primera obra en latín: De gestis Mendi de Saa. A esta época pertenece también el auto sacramental titulado "Pregação universal", inspirado en el ceremonial indígena de recepción a personajes ilustres, con el cual introducía en el idioma tupi la técnica de verso y estrofas, típica del teatro portugués. Siempre supo poner al servicio de la misión sus extraordinarias dotes de perfecto humanista: su dominio de la gramática, su gusto por los clásicos latinos y su habilidad en el arte de la oratoria. Con enorme fecundidad compuso en tupi los "Diálogos de la fe" (catecismo mayor para la instrucción de los indios en la doctrina cristiana), acomodó opúsculos para preparar al bautismo y a la confesión y concluyó la gramática de la lengua más usada en la costa del Brasil, el tupi.

     

    Siempre agente de reconciliación, se implicó profundamente en el diálogo con los indios tamoyos, hasta el punto de ser tomado como rehén y de vivir entre ellos un secuestro de cinco meses. Hechas las paces con los tamoyos y puesto en libertad, aún tiene fuerzas de retornar a São Vicente y escribir el poema a la Virgen De Beata Virgine Dei Matre Maria. No le arredró la carencia de papel. Dístico a dístico fue escribiendo sobre la arena y memorizando aquellos más de 5.800 bellísimos versos. 

     

    El folklore popular, adaptado como música religiosa, le servía para la representación de "autos" en portugués y tupi. Era incesante su actividad para enriquecer el ministerio pastoral y catequético entre los indios con representaciones teatrales festivas. Consideraba imprescindible acercarse a la psicología indígena.

     

    Son muchas las razones que tenemos para estar agradecidos al Papa Francisco por proponer a la vista del mundo, con el nuevo relieve de la santidad, el ejemplo de José de Anchieta. Para la Compañía de Jesús es una ocasión de reanudar con intensidad la búsqueda de aquellos horizontes que el persiguió y que son siempre nuevos: la sensibilidad ante la diversidad étnica y la pluralidad religiosa, cultural y social; el desarrollo incansable de una fresca libertad creativa y una responsable capacidad de improvisación; la búsqueda constante de expresiones inculturadas para la experiencia cristiana y evangelizadora.

     

    Que este nuevo intercesor nos ayude a buscar cada vez con más ahínco la voluntad de Dios y a cumplirla sin descanso. 

     

                                                                                        Adolfo Nicolás, S.J.

                                                                                          Superior General

     

    Roma, 3 de abril de 2014