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    Vol. XIII, N. 15 1 septiembre 2009

    Padre General

    Entrevista al Padre General. Como habíamos anunciado en el número precedente, durante el pasado mes de julio el Padre General ha hecho dos viajes importantes a países de Asia y África. En Asia ha visitado Filipinas para unirse a la celebración de los 150 años  transcurridos desde el comienzo de la  "segunda" presencia de la Compañía en el país. La visita a Indonesia coincidió también con la memoria de 150 años de la "segunda" presencia de la Compañía.

    El Congreso Internacional de antiguos alumnos de instituciones educacionales de la Compañía fue la ocasión para que el Padre  General visitara  Burundi  y después extendiera su viaje a Ruanda y la región de Bukavu en la República Democrática del Congo. Al término de estos viajes el Padre General ha ofrecido sus impresiones en la siguiente entrevista:


    El viaje a Filipinas habrá  sido para Vd. una "vuelta a casa". ¿Qué le ha impresionado particularmente?

     

    Tiene razón. Volver a Filipinas es para mí como volver a casa. La cordialidad y la calurosa bienvenida por parte de los filipinos no deja de asombrarme y hace que me sienta como uno de ellos. He tenido la impresión de que no me había separado del país, y como si las viejas amistades se hubieran multiplicado y hubieran ganado en intensidad. Los filipinos tienen esa peculiaridad (talento, carisma o como quiera llamarse) para relacionarse con los otros. No hace falta mucho tiempo para que te hagan sentir "como uno de ellos".  Tal vez sea la capacidad para apreciar sinceramente a otras personas, sus vidas, sus culturas, junto con el respeto que se debe a todos. Te ofrecen todo los que son y te abren un espacio en sus corazones. Siempre me ha impresionado esta generosidad  y amabilidad que te libra de cualquier sombra de embarazo.

     

    La ocasión del viaje a Filipinas  - prácticamente el único país católico en Asia - fue la celebración de los 150 años a partir del retorno de la Compañía. ¿Cuál ha sido la principal contribución de la Compañía al país en este largo período?

     

    Creo que la contribución de la Compañía ha sido enorme. Digo esto a pesar de que no conozco más que una parte de esta historia de la Compañía en el país. Los jesuitas han estado presentes en el campo de la ciencia, la literatura, la investigación en muchos campos de la actividad humana y del conocimiento (arte, música...). Si se me pidiera subrayar un aspecto particular de esta contribución diría que, con la participación profunda y altamente motivada tanto en el pasado como el presente de tantos laicos y religiosos de otras congregaciones,  la educación ha sido el servicio más significativo que la Compañía ha rendido al país. Naturalmente nosotros no hemos tenido el monopolio de la educación: otros que nos precedieron en este campo o que han venido después han trabajado con la misma dedicación y han recogido frutos iguales o mejores que los nuestros en servicio al país. Pero, sin duda, la educación jesuita ha sido eminente, y ha tenido un influjo que sólo puede medirse con el paso del tiempo. Y sigue siendo así. La Compañía de Jesús ha estado siempre en la vanguardia social y eclesiástica en Filipinas. El recuerdo de estos 150 años nos dan abundantes razones para dar gracias al Señor. Es claro que esta contribución de la Compañía al desarrollo de Filipinas ha estado sostenida y ayudada, como siempre, por un gran número de laicos y religiosos. Y sabemos que detrás de muchos éxitos, como en tantas batallas, quedan muertos y heridos, tanto en las filas jesuitas como de otros  colaboradores, que han dado su vida silenciosamente, en oración,  sirviendo en una siembra cuyos frutos no recolectaron.  Con palabras de San Pablo podemos decir, literalmente, que en estos 150 años algunos jesuitas roturaron el terreno, otros sembraron, otros regaron y otros cosecharon.  Es un tiempo de profundo gozo y, por eso, de gratitud para todos aquellos cuyos nombres no siempre aparecen en las crónicas oficiales  pero que han hecho posible esta gozosa contribución de la Compañía a la historia del pueblo filipino.

     

    En Indonesia los jesuitas han celebrado 150 años de presencia en un país de mayoría musulmana. En este contexto ¿Cuál podría ser el papel que la Compañía representa ahora y en el futuro?

     

    Indonesia es un país con una larga historia  cultural y religiosamente diversificada. Todavía hay partes de Indonesia donde el hinduismo está vivo; en otras partes predominan las religiones naturales o cósmicas que influyen en la vida, la religiosidad y las fiestas del pueblo. También se dan primicias de un fuerte influjo cristiano, con comunidades católicas y de otras denominaciones cristianas caracterizadas por su dinamismo. La diversidad cultural , junto con una política orientada hacia la tolerancia, la paz, la coexistencia y la colaboración, hace que el intercambio y la comunicación con la población musulmana proceda sin grandes dificultades aunque no falten momentos excepcionales de tensión y desconfianza entre los grupos que tienen su origen en intereses políticos o motivos pseudo-religiosos. Los jesuitas  están empeñados en el diálogo con diferentes grupos musulmanes, han trabajado conjuntamente en áreas sociales y, al servicio de la Conferencia Episcopal, colaboran en iniciativas locales. Esta actividad continúa y esperamos que en el contexto cultural del Asia Meridional más tolerante, permita que el diálogo se convierta en una  actividad cuotidiana  y facilite nuevos modelos de cooperación y comunicación con otras religiones  en el resto del mundo.

     

    Pasemos a África. Es el segundo viaje que ha hecho al Continente. ¿Cuál es su impresión global?

     

    Mis impresiones son aún provisorias. Todavía contemplo a África como un todo único; como un continente. Espero que poco a poco, a medida que conozca mejor los diversos países africanos, podré captar las diferencias  que los caracterizan, comprender sus tradiciones culturales  y su realidad humana. Desde este punto de vista, todavía provisional, contemplo la región de África sub-sahariana (la única que hasta ahora he visitado) como una región dotada de una riqueza humana impresionante, ardiendo en deseos de vivir y crecer, que aprecia enormemente la educación y el desarrollo y sueña con un esperanzador futuro. En duro contraste con otras regiones del mundo, donde no se detecta un deseo similar, la vitalidad y las ganas de vivir consumen a la gente de esta región. África me infunde esperanza, y las visitas que hago  y los encuentros que mantengo con su población tan numerosa y diferente, me producen honda satisfacción.

     

    Esta vez ha visitado tres países que en el continente negro se encuentran con situaciones políticas en ebullición. ¿Qué puede hacer la Compañía por la reconciliación, la paz, y por acelerar un futuro mejor?

     

    Es verdad. Me he visto en presencia de situaciones difíciles aunque  no acierto todavía a definirlas con exactitud. Veo la presencia de una opción por el futuro, la vida, la paz. Pero los problemas son tan serios, tan inabarcables, que ningún grupo puede pretender encontrar una solución por sí solo.  La paz, la reconciliación, la creación de un futuro mejor son empresas que afectan a toda la población y requieren la colaboración de todas las fuerzas disponibles: desde los políticos hasta los educadores y los movimientos civiles. Yo espero vivamente que los jesuitas contribuirán positiva y creativamente a este proceso, con un influjo que se origina en cualquier tipo de actividad que emprendamos, sea en el campo de la educación, del ministerio pastoral o de la expresión cultural. Tenemos que identificarnos con los problemas importantes de la gente y ofrecerles nuestros mejores servicios con gran humildad y generosidad, en estrecha colaboración con los demás.

     

    La ocasión de su visita a África  ha sido la celebración del Congreso Internacional de antiguos alumnos de nuestros colegios. ¿Qué lugar podrían ocupar los antiguos alumnos, y los laicos en general, dentro de nuestro empeño apostólico en el mundo, particularmente en África?

     

    Querría pensar que el maravilloso ambiente que he encontrado en el Congreso Internacional de Bujumbura (Burundi)  sea la verdadera expresión de lo que nuestros alumnos juzgan que debiera ser su actuación con respecto a África y, en general, a la sociedad. Los alumnos de los colegios de la Compañía no son habitantes de otros planetas. Estoy seguro de que son personas totalmente inmersas en los problemas de hoy, con un profundo sentido de responsabilidad para incorporar su contribución a la realización de un mundo mejor, más justo, más humano, más fraterno y participativo, con especial atención a los que se encuentran en mayores dificultades. La experiencia ha demostrado que muchos de nuestros alumnos son muy generosos y ávidos de ayudarnos en nuestros trabajos y nuestra misión. El punto central de este congreso estaba situado en hacer que esta solidaridad y este interés por un mundo mejor para todos, salga de los límites de la propia "alma mater", del colegio donde uno ha recibido la educación, y que alcance el mundo entero. Si la globalización  nos ha hecho a todos más conscientes de los lazos que nos unen, y de la medida en la que nuestros sistemas dependen de una red mundial;  si nosotros, jesuitas de hoy, tenemos una conciencia más viva de nuestra vocación universal, no debe causarnos extrañeza que este sentido universal alcance a nuestros alumnos, y que sus corazones y mentes, formadas al calor del "interés por los otros" y de los valores cristianos, sean también capaces  de cambiar la  orientación de su colaboración y su responsabilidad  y de este modo abracen un mundo de intereses más amplios: una mayor dimensión de su responsabilidad. Nuestros antiguos alumnos están en la vanguardia del mundo empresarial, de la política y la investigación. Confío que también serán capaces de incorporar  los problemas del mundo y, en particular, los problemas de África, a sus actividades, sus servicios, la planificación de sus trabajos, y  su posición social.

     

    En la fiesta de S. Ignacio. Como en años anteriores, el 31 de julio, fiesta de San Ignacio, el Padre General celebró la Eucaristía en la Iglesia del Gesù en Roma, con asistencia de jesuitas, amigos y bienhechores. La Radio Vaticana transmitió la siguiente síntesis de su homilía:

    "Tenemos necesidad de cambio. Necesitamos que otros nos ayuden a recordar lo que hemos olvidado."  Con estas palabras  ha explicado el Padre Adolfo Nicolás en su homilía en la fiesta de San Ignacio, lo que está ocurriendo ahora al interno de la Compañía de Jesús  cuando el origen de las vocaciones se ha desplazado de las tradicionales áreas del pasado a nuevas coordenadas geográficas. El futuro rostro de la Compañía de Jesús tendrá rasgos asiáticos y africanos. Y este cambio, que interesa a toda la Iglesia nacida en el Oriente Medio y  desarrollada en Europa, lo contempla el Padre Nicolás con gran optimismo. "Este cambio demográfico no es sólo un fenómeno sociológico. Creo que es un cambio que nos presenta a todos una gran oportunidad de renovación: la oportunidad de volver a nuestros orígenes. Asia y África nos llevarán a dimensiones de humanidad, de espiritualidad,  de ministerio y de servicio que quizá hayamos perdido en Europa".  

    Los testimonios de fe vivida y otras experiencias relacionadas con sus recientes viajes que el Padre General ha hecho en África y Asia, han alimentado su confianza en un futuro cambio. La gozosa recepción de danzas y cantos que recibió a su llegada a Ruanda, un país víctima de genocidio, ha suscitado en el Padre General las siguientes reflexiones: "San Agustín decía: cuando cantáis, rezáis doblemente. Y yo me pregunto: ¿Cuántas veces rezan estos africanos que transforman el propio dolor en danzas y cantos; que bailan al son de sus esperanzas, de sus alegrías y temores? Todas las vicisitudes de su vida se convierten en danza. De este modo proclaman su decisión de vivir.  Y con África viviremos también nosotros porque en África está el futuro de la Iglesia. Por tanto debemos excluir el miedo que nos asalta a la vista del cambio, sin temor a perder nuestra identidad que supera con mucho su origen geográfico... El Evangelio nos dice que esta cuestión no es una amenaza sino un nuevo llamamiento. Lo que permanecerá compacto, lo que nos mantendrá fieles a nuestra vocación, son los puntos vitales de la espiritualidad de San Ignacio. Y el Evangelio de hoy nos recuerda un punto esencial: tenemos que morir a nosotros mismos para encontrar a Cristo. Que sea Cristo lo que verdaderamente cuenta en nuestra vida; que sea Cristo el punto central de nuestra identidad".


    Nombramientos

    - El Papa ha nombrado al P. Gontrand Décoste Obispo de Jérémie, en Haití.  El P. Décoste nació en 1957, en 1978 entró en el Seminario Mayor de Notre Dame de Haití, en Port-au-Prince, y fue ordenado sacerdote de la diócesis de Les Cayes en 1984. Fue admitido en la Compañía en 1998 y completó sus estudios en los Estados Unidos de América y en Francia. A su vuelta a Haití fue director espiritual y profesor de teología en el Seminario Mayor de Port-au-Prince, y Secretario de la Conferencia Episcopal del país. En el momento de su nombramiento papal era responsable de la Comunicación en Haití
     
    - El Padre General ha nombrado al P. Jorge Cela, Superior Regional de Cuba. Nacido en 1941, el Padre Cela fue admitido en la Compañía de Jesús en 1959, y ordenado sacerdote en 1970. Actualmente colabora en la parroquia de San Ramón Nonato en Santo Domingo, y es coordinador internacional de Fe y Alegría, el Movimiento Popular de Educación Integral y Promoción Humana.