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    Vol. XIV, No. 24 29 noviembre 2010

    Padre General

    Entrevista al Padre General. El boletín anterior (n. 22 del 4 de noviembre) informaba sobre la participación del Padre General en la XXI Asamblea General de la CPAL (la Conferencia de los Provinciales de América Latina) y  de su visita a los jesuitas de Paraguay, Argentina-Uruguay y Chile. Al regreso, el Padre General ha respondido a algunas preguntas. 

     

    D.  Usted tomó parte en la Asamblea General de la CPAL. ¿Qué problemas y líneas pastorales salieron en aquellos días?

     

    R. La reunión estaba destinada principalmente a continuar el discernimiento sobre el Plan Apostólico Común que los Superiores Mayores de América Latina quieren establecer hasta el año 2020 y que tendrá su evaluación en el 2015.   En esta 21ª Asamblea de la CPAL se confirmaron las prioridades establecidas en la asamblea anterior, en Guatemala, el pasado mes de mayo, precisando para cada una de ellas objetivos y líneas de acción.  Se quería establecer qué acciones estarán en la agenda de la CPAL para el próximo año y cuáles se ejecutarán a mediano y a más largo plazo.  La Compañía en ese continente quiere prestar un servicio privilegiado a los sectores sociales más vulnerables, a la juventud, a la integración entre los países latinoamericanos y al diálogo entre la fe y las culturas.  Su trabajo lo realizará en comunión con las orientaciones de la IV Conferencia del Episcopado latinoamericano, celebrada en Aparecida, pero haciendo su aporte desde nuestra espiritualidad, que se caracteriza por ser histórica y encarnada, según brota de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.  Es evidente, que tal servicio de la Compañía a la misión de la Iglesia en la diversidad de culturas que integran la América Latina de hoy, no podrá hacerse sin tres elementos que se identifican como esenciales:  primero, un cuerpo apostólico de la Compañía vigoroso en su calidad evangélica;  segundo, un sincero espíritu de colaboración con otros en la misión y, tercero, una renovada forma de gestión y gobierno de nuestras diversas instituciones.   La próxima Asamblea de la CPAL, la 22ª y que se celebrará en Puerto Rico, terminará la definición de estas líneas de acción pastoral, ofreciendo de este modo una gran esperanza para el trabajo de la Compañía allí en los próximos años.

     

    D. Por primera vez en esta visita usted encontró a los obispos jesuitas de América Latina. ¿Cómo ha sido el encuentro y qué pidieron los obispos a la Compañía?

     

    R. Este encuentro ha transcurrido con gran familiaridad y una amistad que solamente se puede explicar desde un sentimiento profundo de pertenecer a la misma familia espiritual y apostólica. Los Obispos han expresado su alegría al recibir la invitación y sentirse plenamente participantes del camino espiritual jesuítico y han hablado con toda sinceridad de algunas de sus dificultades y de sus esperanzas para la Compañía de Jesús. En otras palabras han expresado las mismas expectativas sobre la Compañía, que en otros momentos y ocasiones el Santo Padre me ha expresado directamente a mí. Es decir, si me permiten una lista breve:

    - Servicio de calidad espiritual e intelectual a la Iglesia. La Iglesia necesita pensamiento y reflexión profunda. Muchos lo esperan de la Compañía. Hoy, más quizás que antes, la Iglesia necesita Maestros "cultos y sabios" a un tiempo.

    - Contribución a la vida de la Iglesia desde la mística y la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales.

    - Ayuda a los Obispos en la Formación de los Seminarios.

    - Como siempre se espera de los Jesuitas pasión por Cristo, por la Iglesia y por la Misión. El contexto de las Reducciones del Paraguay daba un peso especial a esta expectativa.

    - Capacidad para aportar novedad, respetando las necesidades y tradiciones del pueblo sencillo. Es decir, lo que el Padre Kolvenbach llamaba "fidelidad creativa".

     

    D.  En algunos de los países que usted visitó en este viaje se conservan todavía indicios claros de la presencia de la antigua Compañía en las "Reducciones". ¿Cuál ha sido su impresión al estar tan cerca estas realidades, en consideración de la actual actividad apostólica de los jesuitas de esas Provincias?

     

    R. Desafortunadamente no tuve la oportunidad de visitar las ruinas de las antiguas Reducciones de la Compañía. En esta ocasión, la agenda estaba llena de otras tareas que eran prioritarias, pero sí tuve la posibilidad de escuchar muchas cosas sobre ellas que me consolaron profundamente. Es impresionante constatar la gran obra que los Jesuitas hicieron entre 1609 y 1767, momento en que fueron expulsados de ellas por decreto del Rey, en una región que hoy es compartida por Paraguay, Argentina y Brasil. Durante poco más de 150 años, ininterrumpidamente, los jesuitas pudieron realizar un proceso evangelizador muy significativo que unía al modo de aquel tiempo la fe y la justicia, dando origen a cerca de 30 poblaciones de indígenas, algunas de las cuales con más de 3 mil habitantes. De esta extraordinaria experiencia podemos aprender muchas cosas hoy. Las impresionantes ruinas de aquellas poblaciones, numerosas obras de arte y las abundantes crónicas, son vivo testimonio de esta obra de imborrable valor. Destaco 3 puntos que considero auténticos desafíos para la realización de nuestra misión en el actual mundo globalizado: en primer lugar, en cada población, frecuentemente, sólo se encontraban pocos jesuitas; generalmente dos, un sacerdote  y un hermano; es decir, no requiere un gran número de jesuitas para hacer una labor de gran impacto; sí gran espíritu evangélico, espíritu de sacrificio, dedicación, apertura al trabajo en equipo con las gentes del lugar y gran creatividad. En segundo lugar, me llama la atención cómo aquellos jesuitas provenían de muy diversos países: había italianos, holandeses, españoles, alemanes, franceses, criollos y aún de otros países; a pesar de sus diversos orígenes supieron vivir la dimensión de universalidad de la Compañía y trabajar con un verdadero sentido de equipo o de cuerpo apostólico, estableciendo entre ellos buena comunicación, planes comunes y una excelente ayuda mutua. Finalmente, se puede percibir que aquellos jesuitas eran muy bien formados; unos eran verdaderos maestros en artes, otros en música, en escultura, arquitectura, matemáticas, física e incluso en astronomía; todos estos conocimientos los pusieron al servicio de la defensa de la vida de los Guaraníes y de la construcción de poblaciones, en las que los mismos indígenas se sintieron en casa, protegidos y avanzando en una mayor calidad de vida.


    De la Curia

    La muerte del Cardenal Navarrete. El Cardenal jesuita español Urbano Navarrete Cortés  murió el 22 de noviembre en Roma, en la Enfermería de la Residencia San Pedro Canisio, a la edad de 90 años. En un telegrama al Padre General, el Papa expresó su "profundo respeto por su testimonio personal de vida cristiana y consagrada" por su "servicio ejemplar a la educación de las nuevas generaciones, sobre todo de los sacerdotes." El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro, presidido por el Cardenal Sodano. Después de la misa, el Papa Benedicto XVI dirigió  su palabra a los presentes y presidió la ceremonia de la Última Recomendación del alma (Commendatio) y la Valedictio. El Padre Navarrete nació el 25 de mayo de 1920 en Camarena de la Sierra (Teruel, España), en el seno de una familia de agricultores que durante la Guerra Civil dejó el pueblo natal para dirigirse a Zaragoza. En aquellos años dramáticos maduró su vocación a la Compañía de Jesús, en la que entró en 1937, en Italia, donde estaba entonces el noviciado de la Provincia de Aragón. Después de los años de formación de la Compañía, obtuvo la  Licenciatura en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde luego transcurre la mayor parte de su vida como profesor de derecho matrimonial. Fue decano de la Facultad de Derecho Canónico y después ocupó el cargo de Rector de la Universidad. En un documento escrito por él mismo el año 2007 con motivo de su nombramiento como Cardenal, escribió: "Me incorporé al claustro de Profesores de la Facultad de Derecho Canónico de la Gregoriana en octubre de 1958.  El 9 de ese mismo mes murió  Pio XII, y el 4 de noviembre siguiente fue elegido Juan XXIII, el cual sin pérdida de tiempo anunció su ambicioso  programa  de gobierno: Un Sínodo diocesano, un Concilio ecuménico, la revisión de Código de derecho canónico. Con esto  se abría una etapa apasionante para mí, joven profesor de derecho matrimonial en la facultad de Derecho Canónico de la  Gregoriana.  Indico los principales sectores di mi actividad: mi principal empeño ha sido siempre la formación de los alumnos, en clase, en conversaciones, en la dirección de lecturas y trabajos escritos, sobre todo de tesis doctorales. Mi  bibliografía comprende unos 150 títulos, una selección de los cuales, escritos en latín o en italiano, acaba de salir en castellano en un  volumen de 1200 páginas, publicado  por la Biblioteca de Autores Cristianos de Madrid, bajo el título «Derecho Matrimonial Canónico. Evolución a la luz del Concilio Vaticano II»". En el ámbito del derecho matrimonial, se convirtió en un punto de referencia para la Santa Sede, que lo había nombrado ya desde hacía tiempo consultor  de muchos de sus dicasterios.

    Los últimos años de su vida los pasó en la Enfermería de la Residencia San Pedro Canisio, cuidadosamente atendido por las Religiosas y por sus hermanos jesuitas. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la Compañía de Jesús, en el Campo Verano de Roma.