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Promotio Iustitiae
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La Espiritualidad ignaciana y la Ecología conversan

Joseph Carver SJ

La tradición de Ignacio nos ofrece una dimensión fundamental de la espiritualidad de la Iglesia contemporánea.  Al examinar aspectos de esta espiritualidad, podemos dejar que nuestro 'parentesco' con la Tierra y con toda la creación informe nuestro encuentro con Cristo encarnado.  La espiritualidad ignaciana nos pide que seamos muy conscientes del medio-ambiente en nuestra vida de cada día, pasando del sentido de mera gestión de la Tierra a una alianza más profunda para sentirnos miembros de la creación.  No se trata de una visión puramente instrumental, sino de una visión sacramental: lo cualitativamente divino entendido como relación, y actualizado en la creación.  Esta perspectiva reconoce que tenemos una relación con el Dios encarnado y que, por consiguiente, debemos considerarnos unidos con toda la creación, no sólo biológica sino espiritualmente.  Este punto de vista pide una conversión ecológica, mediante la cual abordemos la crisis medio-ambiental reconociendo nuevamente nuestra relación con toda la creación.  Esta comunión redescubierta, nos permite superar el modo abstracto de pensar las cosas y conocer los lazos que hay entre Tierra y Cielo, entre Espíritu y Materia. 

Cualquier teología contemporánea, que pretenda abordar la crisis ecológica, necesitará de una teología que entienda a la persona humana como parte del mundo natural. Estoy diciendo que los cristianos tienen un papel particular en el movimiento medio-ambiental por lo que saben de la Encarnación y de la Comunión.  Una teología de comunión, que se toma en serio el fundamento encarnacional de nuestra identidad humana, transforma la relación de la humanidad con el mundo natural y da un rico enfoque al movimiento ecológico.  La espiritualidad ignaciana ofrece un punto de vista único para entrar en la espiritualidad ecológica y, así, en la restauración de la creación.  Cuando grandes temas, como la alianza y la encarnación, son aplicados a nuestra idea actual de la ecología, con una actitud crítica y respetuosa al mismo tiempo de la belleza y de la profundidad de ambas disciplinas, esto hace pasar a nuestra visión ecológica de un mero materialismo a una visión de reconciliación, re-creación y, en definitiva, de resurrección.  Lo que sigue es una consideración muy breve del tema.  No tengo la pretensión de ofrecer una visión total de lo que puede salir de este encuentro de espiritualidad ignaciana e imaginación ecológica, pero espero ofrecer dos pasos iniciales. 

El examen ignaciano y la utilización de la imaginación por la oración ignaciana son dos formas claras de cultivar una sensibilidad ecológica en la propia vida interior.  Somos muy conscientes de que Dios sigue atrayendo sin cesar a cada uno de nosotros hacia Él, en y por Cristo.  Experimentamos la acción de Dios en nuestros sentimientos, humores, acciones y deseos.  Creemos que Dios se revela en nuestros sentimientos tanto como lo hace en nuestras ideas claras y distintas.  Al dejar que  Dios nos atraiga más íntimamente, debemos en primer lugar dejarLe que nos atraiga hacia lo más íntimo de nuestro ser, lo cual significa ser más conscientes de nuestros sentimientos.  Aquí reconocemos la acción incesante de Dios que nos invita a acercarnos más, a ser más como Dios, a entrar en comunión con Dios.    Además, nos hacemos conscientes de nuestra resistencia a Dios, que surge del pecado en nosotros y en el mundo que nos rodea.  La técnica del examen, cuando usado con unas lentes ecológicas, nos permite reflexionar en un clima de oración sobre los eventos del día.  Somos capaces de examinar nuestra relación con la creación, descubrir la presencia de Dios y discernir hacia dónde nos está llevando Dios.  El objetivo del examen es alcanzar a vivir con un  corazón que discierne.  La finalidad del examen ecológico es discernir cómo Dios nos está invitando a cada uno a ver cómo podemos responder con una mayor sensibilidad. 

Los cinco movimientos del examen ecológico son paralelos a los del examen tradicional.  Empezamos con la acción de gracias y con la gratitud por la alianza que Dios nos ofrece en el don de Dios mismo en toda la creación.  En segundo lugar, pedimos que el Espíritu nos abra los ojos para ver cómo podemos cuidar de la creación.  En tercer lugar, revisamos los retos que experimentamos en cuidar de la creación, y las alegrías que de ello recibimos.  Y nos preguntamos: "¿Cómo me he sentido atraer hacia Dios hoy por medio de la creación?"  ¿Cómo hemos sido invitados a responder a la acción de Dios en la creación?  ¿Hay algún punto de nuestra relación con la creación que necesita un cambio? Cuarto, pedimos tener una clara y verdadera conciencia de nuestro pecado, tanto si se trata de un sentido de superioridad como de la incapacidad en responder a las necesidades de la creación.  Y por último, la esperanza.  Pedimos tener esperanza en el futuro y una mayor sensibilidad para confiar en la presencia viva de Dios en toda la creación. 

Examen ecológico por: Joseph Carver, SJ

 Toda la creación refleja la belleza y la bendición de la imagen de Dios.   ¿Dónde  he percibido esto hoy?

 ¿Puedo identificar y precisar cómo me he esforzado hoy por cuidar de la creación de Dios?

 ¿Cuáles son los retos o las alegrías que experimento al cuidar la creación?

 ¿Cómo puedo reparar las fisuras en mi relación con la creación, en mi tácito sentido de superioridad?

 Al imaginarme el mañana, pido la gracia de ver a Cristo encarnado en las interconexiones dinámicas de toda la Creación.

 Se concluye con la oración de Jesús:

Yo les dí la gloria que tú me diste,

para que sean uno como lo somos nosotros.

Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste.

(Jn 17,22-23)

Al igual que los Ejercicios Espirituales, el examen progresa hasta el punto de exhortarnos a un compromiso total por la vida de Cristo. Mirar los acontecimientos de nuestra vida y de la tierra desde una perspectiva ecológica, e inspirados por el Espíritu, nos impulsa a ahondar en nuestro compromiso, volviendo a la vida de cada día con entusiasmo, inspirados a transformar, sanar y restaurar el medio-ambiente natural.  Por mi propia experiencia, puedo decir que la práctica del Examen Ecológico me ha llevado a experiencias de gratitud, sobre todo por los dones de la creación.  Este examen nos enseña nuestro verdadero fin: "alabar, hacer reverencia y servir a Dios" de manera tal que una respuesta cristiana al medio-ambiente forme parte integrante de todo lo que hacemos.  Por tanto,  la meta es hacer que esta respuesta forme parte de nuestro servicio a los demás, a nuestras comunidades y a toda la creación.  Al igual que el examen tradicional, el Examen Ecológico nos conduce por tres pasos: toma de conciencia, aprecio y compromiso.  La toma de conciencia supone quitarnos los anteojos que nos mantienen enfocados en nuestras propias actividades.  De la toma de conciencia nace el aprecio; no podemos apreciar aquello que no conocemos o aquello con lo que no tenemos relación.  El aprecio conduce a respetar y a amar; toda la creación tiene valor porque Dios así la hizo.  Y así aprendemos a apreciar aquello que antes simplemente tolerábamos, y tratábamos como objetos; ahora aprendemos a ver y a percatarnos de la importancia crucial que tienen para el resto de la comunidad de la creación.  De repente caemos en la cuenta de que estamos imitando lo que hace el  escarabajo coprófago con nuestro abono casero, o que las turbinas de la construcción imitan las aletas de las ballenas jorobadas.  La creación se convierte en una indispensable maestra más que en una intolerable carroñera.  Y, finalmente, el aprecio nos lleva a comprometernos, a actuar.  Hacemos más que re-usar y reciclar, no nos limitamos a ser simples administradores, lo que hacemos es restaurar y renovar. 

Estas gracias nacen del uso que hacemos de nuestra imaginación en la oración para contemplar escenas del Evangelio, y no simplemente desde un punto de vista humano.  Hace poco, sentado al lado de un ejercitante, fue para mí evidente que se estaba entreteniendo dando vueltas a las cosas.   Estaba en el sexto día de la Tercera Semana de los Ejercicios, preocupado no con Cristo sino con la intensidad de Su sufrimiento, hablando una y otra vez de la truculencia de las contemplaciones.  Al final de nuestro intercambio aquel día, le invité a que antes de acostarse pusiese a Cristo en la tumba.  El aceptó.   A pesar de que raramente doy esta directriz, aferrándome a mi gneis, me sentí impulsado por el Espíritu.  Le invité a que se imaginara a sí mismo como la tumba misma en la contemplación.  De nuevo, aceptó.  Cuando al día siguiente nos encontramos, dijo cinco palabras entre lágrimas: "Cristo resucitó dentro de mí."  Profundamente consolado y dichoso, siguió contando la impactante contemplación que había experimentado en la tumba.

Un enfoque orientado hacia el medio-ambiente y centrado en la resurrección empieza con Dios que nos mueve a hacernos conscientes de este amor en todas las cosas creadas.  Esta paradoja de amor constituye el centro mismo del Evangelio y el núcleo de los Ejercicios.  El núcleo de las experiencias espirituales de Ignacio es la toma de conciencia del amor divino de Cristo presente y actuante en el mundo.  Por consiguiente, para Ignacio encontrar a Dios que actúa en la creación no empieza con la creación y asciende de allí por medio de una forma de purificación de los sentidos, sino que empieza en Dios y pasa a y por la creación.  Los adelantos que se han realizado desde la época de la Escolástica no han cambiado fundamentalmente este misterio primordial de la relación de Dios con la creación.  Por ejemplo, Teilhard de Chardin,  a lo largo de toda su vida, trató de reintegrar la espiritualidad con la Tierra. Hizo mucho en este sentido, sin embargo su pensamiento termina incluyendo toda la creación material dentro de la transformación humana.  Como el mismo afirma:   "En un universo convergente, todos los elementos encuentran su plenitud, no directamente en su propia perfección, sino en su incorporación en la unidad de un polo superior de toma de conciencia en el que puede entrar en comunión con todos los otros.  Su valía culmina en una transmutación en el otro, en una excentración que se entrega."[1] O de nuevo: "El fin del mundo; la superación del equilibrio, separando la mente, finalmente plena, de su matriz material para que a partir de entonces repose con todo su peso en el Omega de Dios"[2]  Estos y otros pasajes indican que Teilhard vio el universo  como si estuviera incluido en la realización humana en Cristo.  Por lo tanto, se nos invita a entrar en la escena como si formásemos parte del mundo natural - una semilla plantada, la tumba de Cristo de piedra tallada, el aceite que unge los pies de Cristo.  Con centenares de ejemplos en los Evangelios y otros tantos infinitos ejemplos si incluimos las escrituras hebraicas y los Salmos, estas contemplaciones no pueden sino que provocarnos sentimientos de gratitud e impulsarnos a la acción en favor de la creación.  La contemplación de estas escenas nos da valor y un nuevo tipo de humildad reverencial por el don de la creación - las mismas virtudes que Jesús cultivó siguiendo la voluntad de Dios.  La combinación de este nuevo lenguaje de imágenes, junto al asombro y a la gracia de la creación, tiene el poder de sanar.   

Hace dos años, al dirigir un retiro de ocho días, invité a una mujer a que rezara Marcos 4,26-29, la parábola de la semilla que crece.  Estaba profundamente afectada por su incapacidad de tener hijos y por muchos años había sufrido una profunda sensación de culpabilidad y vergüenza. Al entrar en esta contemplación adoptando el punto de vista de la tierra, experimentó una profunda sensación de sanación.  Volvió al día siguiente llena de alegría contando cómo "había alumbrado la Palabra de Dios... ¡una Palabra viva!"  Habló de la profunda sensación de ser madre y discípula.  (A menudo me he preguntado si de esta gracia espiritual brotaría más tarde una sanación física).  Tanto si ocurrió, como si no, su "sanación" le dio una misión, y al vivir esta misión esa mujer sigue siendo en el mundo una presencia sanadora.

Ciertamente Dios iluminó a Ignacio para que viera la Trinidad en la creación. "Un día rezando en las gradas del mesmo monasterio..., como que vía la santísima Trinidad en figura de tres teclas[3]. La plenitud del acorde y la harmonía hicieron que salieran de él lágrimas". (Es la primera vez que Ignacio habla de lágrimas.)  No pudo parar de hablar de la Trinidad y habló de sus visiones de rayos de luz que descendían, de la manera en que Dios creó la tierra, y la luminosidad de la creación.  Es difícil ignorar la experiencia de Cardoner; sin duda Ignacio relacionó esta experiencia y todas esas cosas con la manera en que Dios guía a las ánimas más profundamente en los principios de discernimiento.[4]  Ya fuera, desde la azotea de la Curia en Roma o el cielo cuajado de estrellas de Loyola, ciertamente las miró con nuevos ojos así como "las otras cosas sobre la haz de la tierra." [EE 23]. No sorprende pues que hasta el final de su vida Ignacio se refiera a estas visiones unificadoras en los Ejercicios, cartas, Constituciones y en  todas las decisiones.  No puedo evitar creer que Ignacio se complacería con la verdad tan bella como irónica de que él mismo estaba compuesto de polvo de estrellas.  Las estrellas que tanto le enseñaron sobre  reverencia, asombro, admiración están compuestas por los mismos elementos que le componen a él, deleitándose Dios en los mismos elementos de cada uno.

Cuando la 35 Congregación General de la Compañía de Jesús trató de articular la misión de la Compañía hoy, habló de la necesidad que tenemos de crear relaciones justas, especialmente en tres ámbitos: en primer lugar, reconciliación con Dios, en segundo lugar reconciliación de los unos con los otros y en tercer lugar reconciliación con la creación. (Me recuerdan que el Papa Pablo III encargó a Ignacio incluir confesiones, cuando buscaba la aprobación de los documentos fundacionales de la Compañía.)   Mientras que los dos primeros ámbitos tienen una larga historia en la Iglesia, el último ha sido a menudo olvidado, y ha ido emergiendo hoy en un tiempo de serios desafíos ecológicos y de nuevas y profundas intuiciones sobre la riqueza de nuestra herencia como seres encarnados.  La Congregación, al percatarse de esta nueva realidad, insta a los jesuitas y a cuantos se sienten inspirados por la espiritualidad de Ignacio a  "superar dudas e indiferencia, y a hacernos responsables de nuestro hogar, la tierra."[5]  Esta investigación es mi intento de asumir en serio la llamada de la Congregación; y más aún, mostrar cómo esta llamada a una ecología eucarística emerge - y a menudo ha sido pasada por alto- de la larga tradición sacramental de la Iglesia y la espiritualidad encarnatoria de Ignacio, especialmente en los Ejercicios Espirituales.

En su carta de promulgación de los Decretos de la Congregación General 35, el Superior General de la Compañía de Jesús, Adolfo Nicolás escribía: "La tarea que nos aguarda atañe ahora a toda la Compañía.  Nuestra responsabilidad consiste en "recibir" los decretos y hacerlos vida en nuestros apostolados, comunidades y en nuestra vida personal.  La experiencia nos enseña que el éxito o fracaso  de una Congregación no estriba en sus documentos, sino en las vidas que se inspiran en ellos.  Por ello exhorto de corazón a todos a que lean, estudien, mediten y hagan suyos estos decretos.  Igualmente os animo a enriquecerlos con la profundidad de vuestra fe y capacidad de comprensión."[6]  En este breve artículo he intentado responder a la llamada del Padre General y empeñarme en la misión ofrecida por la Congregación.[7]  Hoy, ya que el mundo no puede sostener más las dicotomías entre espíritu y materia, o entre ecología y espiritualidad, depende de nosotros - y quizás especialmente de aquellos bendecidos con el don de la espiritualidad ignaciana - reconciliar los opuestos por la vida, del mundo, respondiendo así a lo expresado en la carta que promulga los documentos de la Congregación General.   En este artículo he tratado de tomar las diversas inspiraciones encontradas en nuestra tradición  y "darles vida" a través de mi propia "fe y capacidad de comprensión".

 [1] Ver Teilhard de Chardin, The Future of Man, trans. N. Denny (N.Y.: Harper & Row, 1959), 76.

[2] Ver Teilhard de Chardin, Phenomenon of Man, 287f.

[3] Diario Espiritual, Obras Completas de San Ignacio (Madrid, 1952), 748.

[4] Obras Completas, 669.

[5] Documentos de la Congregación General 35 de la Compañía de Jesús, Decreto 3: Desafíos para nuestra misión hoy "Reconciliación con la Creación" 1 de Marzo, 2009

[6] "Carta de Promulgación" 1 de Marzo, 2009 http://onlineministries.creighton.edu/CollaborativeMinistry/GC35/prmlgtn

[7] Esta misión se presenta de forma sucinta en la cita de apertura y en los párrafos iniciales de Parte II (pág. 24).



 
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